22 febrero 2010

Punto muerto


Desde hoy, este blog, quedará detenido en el tiempo, se congelará el negro sobre blanco pero seguirá viva la prosa que en el queda, para aquellos que todavía no han disfrutado de esta, mi especial, compañía.
Yo seguiré buscando mi camino, ese, que me parece tan desconocido y tan lejano, y quizás algún día vuelva, quién sabe las vueltas que da el mundo.

Hasta siempre amigos.

21 febrero 2010

Seguir la vía

 

Paré el Land Rover en una cuneta, me detuve a observar. Llovía a cántaros. Cogí mi cámara fotográfica, hice el encuadre, saqué la primera fotografía, y seguí disparando. Mientras, aquellos hombres seguían caminando sobre aquella estrecha vía de tren, descalzos y protegiéndose de la lluvia con unos magníficos paraguas negros, impecables, como si la vida fuese, simplemente, seguir la vía como si supiesen que les llevaría hacia algún lugar más seguro. 
Me subí al Land Rover para protegerme del aguacero que estaba cayendo. Entre los cristales empapados, vi como se perdían tras el manto de agua, con una tranquilidad que aún hoy, al contemplar la fotografía, me sorprende, como si solo les preocupara seguir el camino. Nunca supe hacia donde.

19 febrero 2010

Caminos

 
Camino al fin
respiro libertad, ¡Sí!
Pero ¿Dónde ir?

18 febrero 2010

Un momento de lucidez


Sentado frente al mar, buscó las últimas palabras que le quedaban por escribir, esas que mil veces había repetido en los momentos en que regresaba del desierto del olvido. Había aprendido a reconocer ese borde frágil en el que la mente se le abría como una puerta mal cerrada, dejando entrar el ruido del mundo, los nombres, los rostros, los recuerdos todavía tibios. Y luego, poco a poco, todo volvía a apagarse. Como una lámpara que se queda sin aceite. Como una casa deshabitada en la que el viento entra por las rendijas y desplaza lo poco que queda en pie.

Sacó su pequeño bloc de notas de cuadros desgastados por el tiempo, donde escribía los momentos en que la luz de la conciencia volvía. Lo miró con una ternura extraña, casi con gratitud. Aquellas páginas habían sido su refugio, su tabla de salvación, el lugar donde intentaba dejar constancia de sí mismo antes de perderse otra vez. Cada frase escrita allí era un ancla. Cada palabra, una súplica. Cada línea, un intento desesperado de no desaparecer del todo.

Cogió el pequeño lápiz, aquel de tres colores que casi ni podía sujetar ya, de tanto que lo había afilado, y escribió con una caligrafía temblorosa:

«Aquí estoy ante ti, en el momento en que la cordura me da un respiro, antes de que vuelva a oscurecer hasta no sé cuándo y ya no recuerde mi nombre, ni sepa quién soy cuando me mire al espejo. Ahora quiero decirte que te quise, que te quiero y que te querré allá donde me encuentre. Sé que me comprenderás».

Se quedó un instante inmóvil, contemplando la última palabra, como si esperara que el papel le contestara. El mar, delante de él, respiraba con una calma antigua. Las olas llegaban despacio, sin prisa, deshaciéndose en la orilla con un rumor que parecía venir de otra vida, de otro tiempo, de otra versión de sí mismo que aún sabía reír, aún sabía nombrar las cosas sin vacilar. El cielo empezaba a teñirse de un gris pálido, y en el horizonte la línea entre el agua y el aire se confundía como si el mundo se estuviera borrando a sí mismo.

Entonces se levantó.

Dejó a un lado el pequeño bloc y el lápiz, como quien deja una carta sobre una mesa antes de marcharse para siempre. Buscó el cutter oxidado, se colocó el viejo cinturón de plomo de cuando hacía submarinismo y se encaminó despacio hacia el agua. Cada paso le costó una eternidad. La arena, húmeda y fría, se adhería a sus pies. El viento le rozó el rostro con una caricia salada y le trajo, por un segundo, el recuerdo de otros atardeceres en los que todavía era fácil distinguir su voz de la niebla que lo amenazaba.

Se detuvo un momento antes de entrar del todo. Miró hacia la costa, hacia el bloque de edificios lejanos, hacia las siluetas desdibujadas de la ciudad que se apagaba detrás de él. Pensó, con una lucidez dolorosa, que quizá aquella era la primera vez en mucho tiempo que estaba completamente despierto. No había niebla. No había grietas. No había nombres perdidos. Solo el peso de lo que llevaba dentro y la certeza de que ya no podía seguir luchando contra la oscuridad que, una y otra vez, venía a reclamarlo.

Sintió cómo el agua del Atlántico le rodeaba los tobillos, luego las rodillas, después la cintura. El frío le atravesó la piel con una exactitud casi misericordiosa. Era un frío limpio, inmenso, como si el mar quisiera recibirlo sin preguntas, sin reproches. Siguió avanzando hasta que la marea le alcanzó el pecho y el cuerpo entero comenzó a hacerse pequeño frente a esa vastedad azul que todo lo contenía. El mar no juzgaba. El mar no pedía explicaciones. El mar lo envolvía con una paciencia antigua, infinita.

Respiró hondo una vez más. El aire le supo a sal y despedida. Sus manos temblaron, no por miedo, sino por ese cansancio profundo que ya no se parecía al cansancio del cuerpo, sino al de un alma desgastada por dentro. Llevó la mirada al horizonte, donde una línea dorada se abría entre las nubes, y por un instante creyó ver, en esa claridad breve, el rostro de quien había amado. No era un recuerdo exacto; era algo más tenue, más necesario. Una presencia hecha de voz, de tacto, de una promesa antigua que había sobrevivido a la pérdida.

—Te quise —murmuró, como si el mar pudiera llevarse sus palabras hasta donde ella estuviera—. Te quise de verdad.

Luego continuó avanzando.

El agua le subió al cuello. El peso del cinturón le hundió el cuerpo con una gravedad inevitable. Todo alrededor comenzó a borrarse. El sonido de las olas se volvió lejano, como si viniera desde muy abajo, desde el fondo mismo del mundo. El frío se hizo más intenso, pero ya no le importaba. En su interior, la última claridad duró apenas un segundo: el bloc sobre la arena, el lápiz junto a la nota, la frase final temblando todavía sobre el papel, como una despedida que nadie volvería a leer sin sentir un nudo en la garganta.

Abrió los ojos bajo la superficie y, en ese instante fugaz, tuvo conciencia de lo que estaba haciendo. No hubo miedo, solo una extraña serenidad. Sonrió apenas, con una paz amarga y definitiva, y después dejó de luchar contra el peso, contra el agua, contra la noche que se cerraba dentro de él desde hacía tanto tiempo.

El mar lo recibió entero.

Y mientras la espuma se cerraba sobre la orilla y el cielo terminaba de oscurecer, el pequeño bloc quedó allí, abierto por última vez, como una prueba humilde y frágil de que, incluso en su derrota, había intentado dejar una huella. Una sola. La suficiente para que el olvido no se lo tragara del todo.

Pero el mar, viejo guardián de secretos, lo cubrió todo.

Y allí, bajo la superficie inmóvil, el silencio hizo lo que mejor sabe hacer: guardar para siempre aquello que ya no puede ser dicho.



12 febrero 2010

Los escritores en la era digital.

Era cuestión de tiempo. La tormenta digital ha llegado y para quedarse para siempre, en este mundo tan complejo e interesante de la creación literaria. Este advenimiento digital, se venía venir cuando los primeros lectores electrónicos comenzaron a comercializarse en el mundo anglosajón y asiático. Ahora los tenemos frente a nuestras narices, con una decena de distintos lectores que ya están a la venta en la mayor parte de Europa, y por supuesto, en España. Esto supondrá una revolución en el mundo de la creación literaria, porque nos vamos a encontrar con un escenario completamente distinto al que, hasta ahora, habíamos conocido. Los modelos de negocios relacionados con los libros tendrán que cambiar, la relación entre editor y escritor tendrá que replantearse y la relación del lector-cliente con las distribuidoras online, tendrán, también, que reinventarse, porque los modelos existentes hoy dentro de unos años serán obsoletos.
Ya estamos viendo como las grandes editoriales, Random House, Planeta y Santillana se están posicionando para coger un buen puesto en el momento en que se de el pistoletazo de salida, que será muy pronto, no más tarde de este año. Este posicionamiento editorial, es un claro ejemplo que algo está cambiando en el mundo editorial.
Las editoriales no quieren perder su cuota de poder que han mantenido durante tantos años y donde han sido las principales beneficiarias del negocio literario. El escritor, nudo gordiano de este negocio, en la mayoría de las ocasiones salía y sale mal parado.
Lo curioso de este posicionamiento, es justamente el negocio. Porque ya se plantean seguir obteniendo un jugoso 60%-70% mientras que el escritor, como siempre, se tendrá que conformar con el 30%. Que puede parecer justo, pero este porcentaje, se corresponde con el 10% que se cobraba por la venta de libros en papel, como ya plantea la Asociación Colegial de Escritores en una nota informativa del pasado 27 de enero de 2010 .
Ante este planteamiento editorial y de negocio, los grandes beneficiados serán los Bestsellertors porque el resto los escritores tendremos que entrar por el aro o plantear una nueva estructura de negocio en la que los escritores seamos los verdaderos beneficiados de la venta de nuestra producción literaria, creando portales independientes donde se puedan vender nuestros libros a precios justos y competitivos.
Pero este proyecto de negocio de las grandes editoriales, se encontrará de frente con la realidad. No puede vender un libro en formato digital a 7 u 8 € porque los usuarios de Internet seguirán poniéndose el parche de pirata, lo buscarán y se lo descargarán en cualquier portal, sobre todo, los libros de los Bestsellertors que son las piezas más codiciadas por las editoriales y por los lectores.
Un precio, para que sea competitivo, no debe sobrepasar los 2 ó 3 €, donde el escritor se pueda llevar entre un 40% y un 60% de la venta y por supuesto, estar libre del DRM .
Por otra parte, y en relación con los formatos de los libros electrónicos, habrá que ir a uno universal, como el ePubs y que esté exento del controvertido DRM que se ha convertido más en un problema que una solución, ya que muchos lectores electrónicos no lo soportan y cuando lo hacen, subirlo al aparato electrónico es engorroso. El cliente necesita una manera fácil de bajarse los contenidos digitales, no tener que hacer un curso intensivo antes de comprar un libro, porque antes lo buscará por otros medios y seguro que lo terminará encontrando. Incluso, su supuesta invulnerabilidad, está en tela de juicio, ya que muchos son crakeados a las primeras de cambio.
Hay autores que plantean que el DRM es un obstáculo para la distribución de los contenidos digitales y que, al final y a la postre, no suponen nada ante la piratería, como el fundador de Apple, Steve Jobs, que es contrario al DRM.
En definitiva, los escritores tenemos que posicionarnos de una manera abierta y beligerante para hacer valer nuestros derechos ante las grandes editoriales y futuros portales de Internet, que quieren seguir manteniendo su poder en el mundo digital, aplicando las mismas reglas que aplican en el mundo analógico, como si no hubiera pasado nada, cuando la realidad, es bien distinta.

05 febrero 2010

Negro sobre blanco


Fuente de la foto: http://www.ojodigital.com

Estoy ante ti, esperando la luz, esa que me ilumina cuando estoy perdido en la oscuridad y que me muestra el camino de la palabra. Tú me llevas de la mano, hacia universos ocultos, diferentes e incluso inexistentes. Haces, que en el desierto, cuando la sed me quema la garganta, el agua fluya cristalina, fresca y la vida vuelva a renacer dentro de mi ser.
A tu lado soy capaz de construir, crear y procrear, darle la mano al misterio de la vida y por un momento, me siento un dios, pero no un dios cualquiera, sino uno de los más grandes del universo. Porque tú me haces grande y poderoso.