25 octubre 2026

Rebajas fiscales de Vox para las rentas altas y recortes públicos para la mayoría de la ciudadanía


 La trampa del «alivio fiscal»: Por qué la bajada de impuestos perjudica a la clase trabajadora

Bajo el atractivo lema de «dejar el dinero en el bolsillo de los ciudadanos», la derecha política —con Vox a la cabeza y el beneplácito del Partido Popular en diversos pactos territoriales— ha situado la rebaja masiva de impuestos en el centro del debate económico. Sin embargo, al desglosar los números y analizar la letra pequeña de estas propuestas, la realidad resulta muy distinta a la promesa publicitaria: no se trata de un alivio para la mayoría, sino de una redistribución inversa de la riqueza que debilita los pilares del Estado del bienestar.


1. Un «regalo» fiscal que no llega a quien más lo necesita

La medida estrella de la propuesta fiscal de Vox consiste en instaurar un IRPF de solo dos tramos (un 15% hasta los 70.000 euros y un 25% para rentas superiores) junto con un mínimo exento de 22.000 euros anuales. A primera vista, la cifra de 22.000 euros suena atractiva, pero oculta una paradoja evidente para las rentas más humildes.

El salario más frecuente en España ronda los 16.520 euros brutos al año. Los trabajadores que perciben este sueldo —o quienes ganan menos de 17.000-22.000 euros anuales, que representan casi al 24% de los asalariados del país— no ganarán ni un solo euro extra al mes con esta reforma. La razón es sencilla: en el sistema fiscal actual ya están exentos de pagar IRPF.


2. Alfombra roja y bolsillos llenos para las rentas más altas

Mientras las clases trabajadoras y con salarios precarios obtienen un beneficio nulo, el diseño del tramo único al 15% hasta 70.000 euros dispara los ingresos de los tramos salariales más elevados:

Sueldos de 40.000 €/año: Obteniendo un ahorro de unos 475 € al mes.

Sueldos de 70.000 €/año: Su nómina neta aumenta un 26,1%.

Sueldos de 100.000 €/año: Perciben un aumento del 30% en su salario neto, lo que equivale a 1.577 euros extra cada mes.

Los datos de Hacienda revelan la enorme brecha de esta medida: menos del 3% de los contribuyentes con mayores ingresos (más de 79.000 € anuales) se quedaría con más del 21% de todo el ahorro fiscal generado por la reforma del IRPF.


3. El agujero en las arcas públicas: ¿Quién paga la factura?

Llevar a cabo una reducción impositiva de este calibre implica un roto gigantesco en la recaudación del Estado. La suma de las bajadas en el IRPF, el Impuesto sobre Sociedades (al 15%) y el IVA supondría una pérdida de ingresos de entre 64.000 y 85.000 millones de euros anuales.

Para poner esta cifra descomunal en perspectiva:

Equivale a financiar casi 11 meses del gasto nacional en educación.

Supone más de dos años completos del presupuesto de defensa.

Representa más de 100 días del gasto total en pensiones de todo el país.

Prometer que semejante agujero recaudatorio se compensará únicamente recortando el «gasto político» o eliminando subvenciones es una irresponsabilidad presupuestaria. Un recorte de esta magnitud sobre los ingresos del Estado conduce inevitablemente al desmantelamiento o deterioro de la sanidad pública, las listas de espera en dependencia, la educación y las infraestructuras.


4. Conclusión: Chovinismo del bienestar frente a la realidad social

Es contradictorio apelar al «voto obrero» o proclamar la defensa de los trabajadores patriotas mientras se promueve un modelo fiscal libertario que asfixia los recursos públicos. Quienes más dependen de la sanidad pública, de la escuela pública y de las ayudas sociales son, precisamente, las familias de menor renta que no recibirán un solo céntimo de ahorro en su nómina con estas bajadas de impuestos.

La bajada masiva de impuestos propuesta por la derecha no es una solución al estancamiento salarial ni a la pérdida de poder adquisitivo; es un espejismo populista que priva al Estado de las herramientas necesarias para corregir la desigualdad y proteger a la mayoría social.


28 abril 2026

Esperando el role



Las regatas de Vela Latina Canaria son complejas y las estrategias que se despliegan en ellas son múltiples. Sin embargo, en los últimos tiempos parece que el repiquete está perdiendo terreno frente a una táctica mucho más conservadora y, en ocasiones, frustrante: la espera del role.

Lo ocurrido el pasado domingo es un ejemplo claro de cómo confiar en exceso en una única lectura puede lastrar las opciones de botes que, por tripulación y potencial, deberían estar peleando arriba, explorando recursos alternativos incluso cuando, a priori, no parezcan la vía más cómoda.

La trampa del viento de tierra

La regata del domingo se presentó con un escenario táctico clásico: el viento de tierra. Un contexto que penaliza con dureza al bote que sale detrás, dejándolo sin aire limpio y atrapado en el cono de desvente.

Ante esta situación, muchos patrones optaron por una única hoja de ruta: caer a sotavento y esperar el “role de fuera”, ese cambio de dirección que, en teoría, permitiría virar con ventaja para atacar el barlovento y reposicionarse en la regata.

El problema es que esa espera se está convirtiendo en norma. Varios botes hipotecaron su regata confiando en un role que nunca llegó. Y cuando decidieron reaccionar, ya era tarde: la ventana se había cerrado y el viento había dictado sentencia.

El olvido del "repiquete" y la virada táctica

Lo llamativo es que hablamos de tripulaciones de altísimo nivel, con capacidad sobrada para ejecutar maniobras rápidas y limpias, y con una herramienta —la virada— que históricamente ha decidido muchas regatas.

Antes, virar no era solo cambiar de rumbo; era una forma de generar oportunidades. Una manera de salir de bloqueos, de incomodar al rival, de buscar presión donde otros no miraban.

Hoy, en cambio, parece haberse convertido en el último recurso, cuando debería ser uno de los primeros, especialmente si tienes los medios para ejecutarla con eficacia.

Cuando un bote quedaba bloqueado por barlovento, la vieja escuela no dudaba: se intentaba la escapada por sotavento y, si no funcionaba, se activaba el repiquete. Una sucesión de viradas para encontrar una nueva zona de presión, forzar errores o simplemente recortar distancias desde la maniobra.

Esa agresividad táctica ha ido dejando paso a una actitud más pasiva, basada en esperar que el viento haga el trabajo. Y no siempre lo hace. A veces, una virada bien ejecutada en el momento justo vale más que cualquier role.

Virar hacia tierra el pasado domingo no era una decisión fácil, está claro, pero entiendo que había que buscar un recurso alternativo que seguir a la espera del role de fuera, habría sido una apuesta arriesgada, sin duda, pero te habría dado la oportunidad de tener el control del propio destino en lugar de ponerle una vela a Santa Rita.

Reivindicar la iniciativa

El repiquete forma parte de la esencia de la Vela Latina Canaria. Reducir una regata a esperar un role es simplificar en exceso un deporte que destaca precisamente por su riqueza táctica.

Si la virada deja de ser un arma ofensiva, la flota corre el riesgo de volverse previsible y el espectáculo de perder intensidad.

El pasado domingo dejó una lección clara: el viento no siempre responde a lo esperado. Y estoy seguro de que los botes que no acertaron ya están revisando datos y decisiones.

Quizás ha llegado el momento de recuperar la iniciativa. De volver a confiar en el repiquete, en la maniobra, en la búsqueda activa de oportunidades.

Porque en la bahía, el que espera el viento muchas veces encuentra la derrota. Y el que lo sale a buscar, casi siempre encuentra una opción.


27 febrero 2026

El radar en la Vela Latina: el miedo como mordaza

 





Nuestra Vela Latina no es solo un deporte; es un legado vivo que navega por nuestra bahía desde mediados del siglo XIX. Con más de 150 años de historia, esta tradición —reconocida como Bien de Interés Cultural— se enfrenta hoy a una amenaza: la instalación de un radar de 25.000 vatios en la bocana de nuestra propia base.

Mientras surgen requerimientos oficiales exigiendo la documentación técnica que el puerto aún no ha hecho pública, nosotros nos preguntamos: ¿Por qué se ignoran las alternativas seguras? ¿Por qué no muestran los informes técnicos y los certificados que deben garantizar nuestra integridad?.

A continuación, analizamos las "trampas" legales, las contradicciones de una seguridad que necesita "corazas" y la firme defensa de un derecho que no puede ser moneda de cambio de ninguna concesión.

El "atajo" legal: ¿Dónde está el estudio de impacto ambiental?

Al analizar el proyecto constructivo (Exp. AT_25-21), descubrimos la primera gran trampa. En las páginas 35 y 62, la Autoridad Portuaria afirma textualmente que "no es necesario someter el proyecto a evaluación ambiental".

Es posible que, por la Ley de Evaluación Ambiental, la estructura física (la torre de 10m) no requiera una Evaluación de Impacto Ambiental (EIA) ordinaria si el puerto ya está urbanizado. Sin embargo, la contaminación electromagnética es un vector ambiental que debe ser analizado, especialmente zonas deportivas próximas.

Pero el gran "ausente" en todo este expediente es la Certificación de Niveles de Exposición, un documento que resulta primordial para una instalación de esta envergadura. Se trata de la única garantía técnica, que debe estar visada por el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, capaz de acreditar que la estación cumple con los límites legales de intensidad de campo eléctrico y densidad de potencia. Sin esta certificación, no conocemos la Potencia Radiada Aparente (PRA) ni los diagramas de radiación de la antena, datos vitales para asegurar que la energía emitida no impacte de forma nociva en la lámina de agua por la que navegamos. Es inaceptable que se avance en la construcción de una torre de 10 metros para un radar de 25 kW sin que este certificado técnico y sanitario esté a disposición de los ciudadanos, pues es el único que garantiza que nuestra actividad náutica se desarrolla en un entorno seguro.

El Real Decreto 1066/2001 que establece condiciones de protección del dominio público radioeléctrico, restricciones a las emisiones radioeléctricas y medidas de protección sanitaria frente a emisiones radioeléctricas es de aplicación estatal y no distingue si el promotor es una Autoridad Portuaria.

El artículo 8 de este Real Decreto es claro: para cualquier estación radioeléctrica, se debe garantizar que los niveles de emisión no superen los límites de salud pública.

La Orden CTE/23/2002: Establece que las estaciones de alta potencia (y 25 kW es una potencia muy alta para un entorno urbano/deportivo) deben presentar obligatoriamente un Proyecto de Instalación que incluya una estimación de los niveles de exposición en las zonas cercanas.

Zona de Exclusión: a esa potencia, existe una "distancia de cumplimiento" (zona donde no puede haber personas). Si el proyecto no tiene el estudio, no han calculado si esos 10 metros de altura son suficientes para que el haz no "barra" a las personas.

Si no es peligroso, ¿por qué la coraza?

Vamos a los datos oficiales: un radar de 25.000 vatios (25 kW) es, por definición, 250 veces más potente que otros equipos del mismo proyecto.

Si realmente fuera tan inofensivo como un móvil, ¿por qué nos ofrecen ponerle una "coraza" o escudo de protección? La respuesta es obvia: si algo es inocuo, no necesita blindaje. Ofrecer una coraza es la admisión implícita de que existe un riesgo real para los deportistas y los niños que están justo debajo. No se gasta dinero público en proteger a la gente de "un teléfono móvil".

La alternativa lógica: La zona de la gasolinera

Lo que más frustra es que existe una solución técnica perfecta. Justo más al norte, en la zona de la gasolinera (frente a la entrada del muelle deportivo), existe una ubicación con todas las facilidades técnicas y mucho menos transitada.

Instalarlo allí cubriría la misma función de vigilancia sin convertir nuestra base náutica en un experimento de radiación. Si existe una alternativa segura y viable, ¿por qué insistir en plantar el radar más potente del puerto de nuestro deporte?

El chantaje de la concesión: La salud no es moneda de cambio

Lo más grave que sobrevoló la reunión de ayer fue el mensaje de que "no podemos ir contra el dueño de la concesión" porque podríamos perder el muelle.

Es hora de poner las cartas sobre la mesa: la Federación de Vela Latina Canaria de Botes paga una concesión de más de 50.000 euros anuales. No estamos aquí de prestado ni por caridad; somos clientes y concesionarios con derechos legales a la seguridad y la higiene en nuestra actividad. No somos un simple local comercial ni una embarcación que no paga; somos el corazón de un deporte con más de 150 años de historia, practicado desde mediados del siglo XIX.

Esta trayectoria centenaria nos ha convertido en un Bien de Interés Cultural que merece un respeto institucional acorde a su legado y a su aportación a la identidad de esta ciudad. Utilizar la titularidad del suelo para intentar silenciar una preocupación legítima sobre la salud pública roza la amenaza velada. No podemos permitir que el miedo a perder nuestra "casa" en el muelle nos obligue a aceptar un riesgo sanitario para nuestra cantera, hipotecando el futuro de los niños que deben heredar esta tradición que forma parte de nuestra historia desde hace más de siglo y medio.

Conclusiones claras:

  • No hubo evaluación ambiental real: Se utilizó un atajo administrativo para evitar el trámite de evaluación ordinaria, omitiendo así cualquier análisis sobre el impacto de la radiación de 25.000 vatios en la salud de los menores.

  • Contradicción total: Si el radar fuera tan inofensivo como un móvil, no se ofrecería la instalación de una "coraza" o blindaje. La propia existencia de esa medida de protección confirma que estamos ante un peligro potencial para los deportistas.

  • Falta de certificación obligatoria: Es inaceptable que se avance sin presentar la Certificación de Niveles de Exposición visada por el Ministerio competente. Este es el único documento que garantiza técnicamente que los límites de intensidad de campo eléctrico y densidad de potencia son seguros para quienes están en la lámina de agua.

  • Alternativa viable: Exigimos que se valore seriamente la ubicación norte, en la zona de la gasolinera. Es un punto con menos tránsito de personas, con las mismas facilidades técnicas y que no compromete la seguridad de los deportistas.

  • Dignidad: La Vela Latina Canaria es un deporte con más de 150 años de historia y su base náutica no es un simple local comercial. La salud de nuestros hijos y deportistas no puede ser objeto de negociación ni verse silenciada por miedo a represalias administrativas sobre nuestra concesión.

La Vela Latina es Bien de Interés Cultural, pero antes que eso, es una comunidad de personas. La tecnología debe servirnos, no hipotecar nuestra integridad. ¡Basta de atajos y basta de miedos!



14 febrero 2026

Un radar de 25.000 vatios sobre nuestras velas. ¿Es compatible este radar con la Vela Latina?

 


La Autoridad Portuaria ha decidido que la Bocana de la Vela Latina es el lugar ideal para un radar de vigilancia. A priori, suena a progreso, pero el diablo está en los detalles técnicos. Al analizar el pliego de prescripciones técnicas, se me encogió el alma. No van a poner un sensor cualquiera; van a instalar un monstruo de 25.000 vatios (25 kW) de potencia. Para que se hagan una idea de la magnitud, es 250 veces más potente que los otros radares del mismo proyecto. Es como si en un lugar donde basta una luz de lectura, decidieran encender un foco de estadio olímpico directamente sobre nuestras cabezas.

El haz de 25.000 vatios: si busca manchas, nos encuentra a nosotros. Lo que realmente me quita el sueño es nuestra salud. Nos dicen, para que nos quedemos tranquilos, que el radar "mira al mar" y no hacia el interior del muelle. Pero el papel lo aguanta todo, y el pliego técnico es implacable: este sistema no solo debe detectar barcos, sino que tiene que ser capaz de localizar personas en el agua y, lo que es aún más revelador, manchas de vertidos de hidrocarburos.

Aquí es donde entra la física básica y donde se cae el discurso oficial. Para que un radar detecte una mancha de aceite o la cabeza de un náufrago, el haz de energía no puede pasar por encima del horizonte como si fuera un faro lejano. Las manchas de petróleo no flotan en el aire; están pegadas a la superficie del mar, formando una película finísima. Para que el radar "vea" esa mancha, su haz de 25.000 vatios tiene que "chocar" contra la superficie del agua con un ángulo muy bajo. ¿Y qué hay entre la antena de la bocana y esa lámina de agua que el radar debe vigilar? Nosotros. Estamos nosotros preparando los botes, están nuestras tripulaciones peleando con la escota y estamos todos cruzando ese "pasillo" de salida. Para que el radar haga su trabajo de detectar vertidos, tiene que freír literalmente la zona por la que navegamos. El haz no nos pasa por encima; nos atraviesa.

Esto no es una exposición puntual. Nuestra instalación deportiva está activa todo el año. Pasamos horas allí, bajo la influencia de esas pulsaciones invisibles de Banda X. Y lo que es más sangrante: la cantera de la Vela Latina está llena de niños y adolescentes. Sus cuerpos, todavía en desarrollo, son esponjas ante la radiación electromagnética continuada. Si el radar necesita "limpiar" la superficie del mar para buscar manchas de hidrocarburos, lo hará a costa de barrer nuestras cubiertas con una potencia que, recuerdo, es 250 veces superior a la de otros puntos del puerto. No estamos ante un sistema de vigilancia; estamos ante un foco masivo de radiación instalado en el cuello de botella de nuestro deporte.

Lo más absurdo es que existen alternativas claras. El propio proyecto contempla ubicaciones como el Muelle Reina Sofía, una zona puramente industrial, de acceso restringido y alejada de la práctica deportiva intensa. ¿Por qué empeñarse en la Bocana de la Vela Latina? ¿Por qué castigar el punto con más densidad de deportistas con el equipo más potente de toda la red? El Real Decreto 1066/2001 exige minimizar la exposición en espacios sensibles, y si un muelle lleno de deportistas y niños no lo es, que alguien baje de su despacho y me lo explique.

Pero hay algo que me indigna profundamente: la Federación de Vela Latina Canaria de Botes está en estas instalaciones bajo una concesión administrativa. No estamos aquí gratis; pagamos más de 50.000 € por el uso de este espacio y, por tanto, tenemos derechos legales que parecen haber sido ignorados. Como concesionarios, cualquier instalación que altere la seguridad o la higiene de nuestra actividad debería haber sido consultada. Instalar este radar sin contar con nosotros no es solo un desplante administrativo, es una posible vulneración de las condiciones de nuestra concesión.

La Federación es nuestra voz y nuestra defensa, y no puede seguir callada mientras se toma una decisión que hipoteca nuestra integridad. Su obligación moral y legal es velar por nosotros, los que mantenemos vivo este de deporte que es  Bien de Interés Cultural. La tecnología no puede pasar por encima de las personas. 

Queremos puertos seguros, por supuesto, pero no a costa de convertir nuestra base náuctica en una zona de radiación constante. Es hora de exigir que se busque otra ubicación para ese radar. No vamos a permitir que apaguen nuestra tradición con 25.000 vatios de indiferencia.

14 noviembre 2025

CHAT, una novela que te mete en la mente del cazador digital


En CHAT, Moisés Morán Vega nos lleva al lado más oscuro de Internet, allí donde las conversaciones anónimas esconden identidades, deseos… y depredadores. Edmund, el protagonista —si es que merece ese nombre—, no mata por rencor ni por necesidad. Mata porque disfruta. Porque en cada asesinato siente un impulso que no puede controlar. Su territorio de caza: los chats. Una jungla virtual donde él se siente invencible y donde las víctimas, ocultas tras pantallas, ni siquiera sospechan que están hablando con un asesino en serie.

Mientras tanto, el teniente Conrado y el inspector Fabelo se enfrentan al caso más complejo de sus carreras. No solo persiguen a un criminal frío e inteligente: también luchan contra un enemigo sin rostro, capaz de desvanecerse con un clic. Cada pista parece conducirlos a un laberinto nuevo, cada conversación es un peligro, cada error puede costar una vida.

CHAT no es solo una novela de suspense. Es una reflexión inquietante sobre el anonimato, el poder de Internet y la vulnerabilidad humana en la era digital. Nos recuerda que, detrás de cada pantalla, puede haber alguien que no es quien dice ser… y que algunas personas solo necesitan un chat abierto para convertir la oscuridad en realidad.

Si te gustan los thrillers intensos, los crímenes imposibles y los villanos que dejan huella, esta novela te va a enganchar desde la primera página.


 

08 septiembre 2025

Dos propuestas para enriquecer la vela latina canaria de botes


No cabe duda de que la vela latina es tradición, historia y pasión marinera, pero también es competición. Y como todo deporte vivo, necesita adaptarse para seguir en la brecha, porque todos sabemos en qué punto estamos, en un punto de inflexión que determinará nuestro futuro como deporte. Hoy pongo sobre la mesa dos propuestas que, desde mi punto de vista, podrían mejorar tanto la igualdad como el espectáculo: la reducción del tamaño de las velas a 12 metros y la introducción de balizas intermedias en las regatas del campeonato.

La vela de 12 metros: igualdad, espectáculo y futuro

Esta propuesta ya se ha planteado en el pasado, como hizo en su momento Israel Cabrera, patrón del Minerva. En la actualidad, muchos botes navegan con velas de 12,50, 12,80, 13, 13,20 o 13,25 metros. En condiciones de viento fuerte, algunos botes con tripulaciones más pesadas logran mantener velas de 13,20 o incluso 13,25 metros. Esa resistencia inicial les permite aguantar el esfuerzo y, cuando el viento afloja en la recta final, aprovechar la ventaja acumulada frente a quienes han navegado con velas de menor tamaño. El resultado es un desequilibrio evidente que distorsiona la competición y resta igualdad a las pegas.

Nuestro deporte resulta una excepción dentro del panorama de los deportes. Cuando entran en juego elementos externos al esfuerzo humano, casi todas las disciplinas tienden a la uniformidad en las medidas para evitar ventajas competitivas. Ahí están ejemplos claros: en la Fórmula1, todos los coches compiten bajo un mismo reglamento técnico que limita dimensiones, aerodinámica y potencia del motor; en el fútbol todos juegan con el mismo balón y con porterías de medidas idénticas; en el baloncesto, lo mismo con el tamaño del balón y la altura de los aros.

Y en la vela de otras modalidades ocurre igual: existen reglas muy estrictas que fijan las dimensiones de la vela, del casco o del aparejo, de manera que todos los barcos compiten bajo las mismas condiciones. La diferencia la marcan la estrategia de regata, la lectura del viento y la pericia de los tripulantes, no el material.

En cambio, en la vela latina canaria de botes, pese a contar con un reglamento estricto en muchos aspectos, que limitan las dimensiones del casco, de palos y palancas, etc., todavía no existe esa uniformidad en algo tan decisivo para la competición como el tamaño de la vela. Y eso, como mínimo, es una anomalía que conviene repensar y reconsiderar.

La propuesta de fijar velas de 12 metros traería consigo varios beneficios:

Igualdad en la competición: la ventaja competitiva ya no estaría en el tamaño de la vela, sino en la estrategia de regata del patrón, en la puesta a punto del bote y en la capacidad de la tripulación para ejecutar con precisión las maniobras a lo largo de la pega.

Competición más rica y espectacular: al eliminar la ventaja de las velas grandes, los botes se enfrentan en condiciones más igualitarias. Esto eleva la exigencia táctica, multiplica las posibilidades de lucha en el agua y mantiene la emoción hasta el final, lo que se traduce en un espectáculo mucho más atractivo.

Mayor control con viento fuerte y más continuidad en el calendario: los botes responden mejor en condiciones de viento duro y, gracias a ello, se reducirían los aplazamientos de las regatas. Con estas velas podrían soportar vientos de hasta 20 o 25 nudos, lo que aporta estabilidad a los aficionados, facilita la cobertura mediática y evita constantes reajustes en el calendario que tantas veces obligan a competir en domingos adicionales, con lo perjudicial que eso resulta para la conciliación familiar.

Navegación más equilibrada y mayor seguridad: menor escora y mayor estabilidad, lo que facilita repiquetes más rápidos y reduce la exigencia sobre el aparejo —alargando la vida del material—. Esto incrementa la competitividad, ya que los botes y sus tripulaciones estarían menos condicionados por el viento fuerte y podrían centrarse más en la táctica y la lucha directa. Además, con velas más pequeñas se reduciría el riesgo de trabucadas, con lo que ello implica en la seguridad de los tripulantes y en la prevención de accidentes.

Menor número de tripulantes y apertura a nuevos perfiles: en lugar de necesitar 11 o 12 tripulantes en vientos medios, bastaría con 9 o 10, lo que facilita la organización de los equipos. Hoy predominan fenotipos muy pesados, con boteros que suelen estar entre los 80 y más de 100 kilos, necesarios para aguantar velas grandes. Con una vela más reducida, no sería imprescindible reunir tanto peso a bordo, lo que abriría la puerta a tripulaciones más variadas, menos condicionadas por la corpulencia y más centradas en la técnica, la agilidad y la coordinación. Este cambio podría dar entrada a nuevos tripulantes que hasta ahora no encajaban en ese modelo físico y, además, potenciar la cantera al facilitar la incorporación de jóvenes en formación.

Impulso a la integración femenina: la reducción del tamaño de la vela supondría una exigencia física menor y menos necesidad de peso a bordo, lo que facilitaría la incorporación de mujeres a las tripulaciones. Este cambio ampliaría la base de participación y garantizaría mayor continuidad a proyectos como el Tara del Mar, que este año se vio obligado a retirarse por falta de tripulantes.

Reducción de costes globales: una vela más pequeña no solo abarata su confección, también reduce el desgaste de palos, palancas y herrajes, así como el coste de mantenimiento. Al disminuir el riesgo de trabucadas, se evitarían roturas de velas, palos, palancas y estayes, con el consiguiente ahorro económico y mayor durabilidad del material. A esto se suma la reducción en la confección de sacos para el lastre y de plomos para el lastre fijo. Además, la menor superficie de vela conllevaría palos y palancas más pequeños, más fáciles de manejar y más baratos de fabricar y mantener. Todo ello haría más accesible la participación a clubes con menos recursos.

Mayor sostenibilidad deportiva: menos necesidad de fabricar aparejos sobredimensionados implica un menor consumo de materiales y un impacto ambiental más bajo, un punto cada vez más valorado en todos los deportes. Además, esta apuesta por la sostenibilidad podría atraer a nuevos patrocinadores, sensibles a vincular su imagen con prácticas más responsables y modernas..


2. Balizas intermedias: más emoción en el campeonato

Además del tamaño de vela, el campeonato de vela latina también podría enriquecerse con una modificación en su formato: la introducción de balizas intermedias en determinadas jornadas. Sé que se trata de una propuesta que rompe con lo que se ha hecho durante muchos años, pero en realidad lo que plantea es una combinación de dos fórmulas ya existentes: el Campeonato y los Concursos. En este caso concreto, sería una especie de mezcla entre el Campeonato Provincial de Botes de Vela Latina de Gran Canaria y la Copa del Cabildo de Gran Canaria, aprovechando lo mejor de cada uno para darle más emoción al formato.

La idea sería colocar una baliza en Cardoso y otra en la Fuente Luminosa. Incluso podría añadirse una tercera en mitad del campo de regatas, aunque con esas dos ya se generarían novedades interesantes. Estas balizas se usarían solo en la mitad de las jornadas, sorteadas para mantener la justicia en la competición. Podría plantearse, además, una introducción experimental para la próxima temporada, con 3 o 4 jornadas en esta modalidad, a modo de prueba, para evaluar los resultados y la acogida entre patrones, tripulaciones y aficionados.

Ventajas de este formato:

La competición se acerca al público: con la introducción de balizas intermedias en tierra, los botes tendrían que acercarse mucho más a la costa para tomar las balizas, tal y como ocurre en los concursos. Esto, de entrada, genera un mayor atractivo para el aficionado, que puede seguir las pegas desde la avenida sin necesidad de prismáticos ni embarcaciones de apoyo.

Además, acerca la vela latina a un escenario urbano y cotidiano: el público que pasea por la zona se topa con la competición de manera directa, lo que facilita que personas ajenas al deporte puedan descubrirlo y engancharse. El hecho de ver de cerca las maniobras, las viradas y las tensiones en torno a la baliza convierte la regata en un espectáculo mucho más comprensible y emocionante para cualquier espectador.

No es solo cuestión de visibilidad: acercar los botes a tierra también refuerza el vínculo entre el deporte y la ciudad, poniendo en valor que la vela latina es parte de la identidad cultural de Las Palmas de Gran Canaria. Así, el campeonato no se vive únicamente en el mar, sino que se siente también desde la costa, integrando a la comunidad alrededor del deporte.

Aumenta la estrategia de los patrones: la inclusión de balizas intermedias introduce dos nuevos puntos de incertidumbre en la regata. Cada patrón tendría que decidir no solo cómo salir o cómo defender la posición inicial, sino también qué recorrido trazar hasta la baliza, en qué momento arriesgar y cuándo protegerse del rival. Esto abre un abanico de posibilidades tácticas: marcar de cerca al contrario, forzarlo a un error en la toma de la baliza, o buscar un ángulo distinto para aprovechar mejor el viento.

Con estas variables, la regata deja de ser lineal y predecible para convertirse en una partida de ajedrez sobre el mar, donde cada movimiento cuenta. La ventaja de salir delante ya no sería tan determinante: un mal cálculo en la aproximación o una maniobra tardía en la baliza podría dar al rival la oportunidad de ponerse por delante. En definitiva, el protagonismo pasaría más a la competencia de los tripulantes, al talento del patrón y su capacidad de leer el campo de regata, lo que haría que cada jornada fuese distinta y con emoción hasta el final.

Crece la emoción del espectáculo: con la introducción de balizas intermedias, salir delante deja de ser tan determinante. Hasta ahora, el bote que sale delante cuenta con una ventaja clara, limitando las opciones de su rival. Con este nuevo formato, esa superioridad inicial se relativiza: cada baliza se convierte en un punto de inflexión donde la precisión de la maniobra y la lectura del viento pueden cambiar el orden de la regata.

Esto significa que ya no basta con salir delante. Los botes que partan desde atrás tienen más oportunidades de remontar, porque pueden aprovechar un fallo en la toma de baliza del rival o una mejor elección de ángulo. El espectáculo crece precisamente por eso: el desenlace no está escrito desde la salida, sino que se construye hasta el último momento, manteniendo la emoción viva en el agua y en tierra.

Se da más peso a la táctica y a la maniobra, no solo a la fuerza física de la tripulación. En el formato actual, la capacidad de aguantar velas grandes depende en buena medida del peso y la fuerza de la tripulación. Eso provoca que muchas veces la ventaja venga marcada por la corpulencia de los tripulantes más que por la destreza en el manejo del bote. Con la reducción del tamaño de la vela y la introducción de balizas intermedias, esa relación se equilibra: el éxito ya no dependería tanto de contar con once o doce tripulantes pesados, sino de la calidad de las decisiones tácticas del patrón y de la precisión técnica de quienes ejecutan las maniobras.

Este cambio da valor a aspectos como la rapidez en las viradas, la coordinación en las maniobras y la lectura del campo de regata, que pasan a ser factores decisivos para alcanzar la victoria. En un escenario así, un bote con menos peso, pero con una tripulación bien entrenada y disciplinada puede competir de tú a tú con otro que antes lo superaba en otros aspectos. Se premia la inteligencia en el agua y la preparación en los entrenamientos, lo que eleva el nivel deportivo del campeonato y genera un espectáculo más justo y atractivo para todos.

Se abre la posibilidad de reorganizar los concursos: la introducción de balizas intermedias en el campeonato también permitiría replantear el calendario general de la vela latina. Al contar con jornadas con un formato más dinámico y atractivo, se podría reducir el número de concursos oficiales, evitando la saturación del calendario y concentrando esfuerzos en pruebas con mayor repercusión y calidad deportiva.

Al mismo tiempo, los concursos que quedaran fuera del formato oficial podrían integrarse dentro de las propias jornadas del campeonato bajo nuevas denominaciones, lo que aportaría variedad y frescura al desarrollo de la temporada. Esto no significaría restar espacio a los concursos tradicionales, sino darles un nuevo marco en el que convivieran con el campeonato, modernizando la competición y haciéndola más atractiva tanto para los participantes como para el público.

Un futuro más justo y atractivo

La vela latina está en un momento en el que necesita reflexionar sobre su futuro. La vela de 12 metros podría aportar igualdad real, más seguridad y un acceso más amplio a tripulaciones diversas, mientras que las balizas intermedias abrirían el juego táctico y multiplicarían el espectáculo.

No se trata de romper con la tradición, sino de adaptarla para que siga viva y con proyección. La cuestión está en cómo queremos que evolucione nuestro deporte: ¿seguir apostando por un modelo donde las diferencias las marque el tamaño de la vela y la salida inicial, o dar el paso hacia una competición más táctica, igualada y atractiva para todos?

La vela latina canaria merece este debate. El mar, el viento y la pericia de quienes navegan deberían ser los verdaderos protagonistas. Quizás ha llegado el momento de decidir si estas propuestas pueden ser el camino para lograrlo.

 

 





22 agosto 2025

Aniquilar el mañana: la estrategia criminal contra la infancia palestina

Photograph: Anadolu/Getty Images

Un niño no debería ser un objetivo militar. No debería serlo nunca, en ninguna parte del mundo. Y, sin embargo, en Gaza, los niños son la primera línea del exterminio. Cada día sus nombres engrosan listas que ya desbordan cualquier capacidad de memoria: bebés, escolares, adolescentes que jamás llegarán a adultos. No son daños colaterales; son el plan para anaquilar el futuro en Gaza.

Hoy, el régimen mortífero se ha sofisticado: no solo lanza proyectiles contra la infancia, ahora también utiliza el hambre como arma. La ONU ha confirmado lo que ya veíamos, lo que ya dolía en cada mirada hambrienta: hambruna oficial en Gaza, afectando a más de medio millón de personas—y sin una tregua, esa cifra podría superar los 640 000 a finales de septiembre. 

No es una tragedia accidental. Es una brutal estrategia de borrado: se destruyen cultivos, molinos y hornos; se bloquea la ayuda y se estrangula el acceso a lo más básico. Todo para quebrar no solo vidas, sino la posibilidad de que esas vidas prosperen, se concreten en familias, en pueblo.

Incluso los propios datos del gobierno israelí, filtrados a la prensa internacional, lo confirman: más del 83 % de los muertos en Gaza son civiles. Entre ellos, una mayoría aplastante son mujeres y niños. ¿Casualidad? ¿Error de cálculo? No. Es una estrategia deliberada y macabra. Al eliminar a los más pequeños y a las madres, se arranca de raíz la posibilidad misma de un futuro palestino. Se intenta borrar no solo la vida presente, sino la que aún estaba por nacer.

En términos de víctimas civiles y de un asedio que destruye las condiciones mínimas de supervivencia, la magnitud ya es equiparable a crímenes masivos reconocidos: en Srebrenica (1995) fueron asesinados más de 8.000 varones bosniacos en apenas unos días; en Gaza, a 6 de agosto de 2025, se registran 61.158 palestinos muertos, incluidos 18.430 niños y 9.735 mujeres, en una campaña prolongada que combina bombardeos y hambre como arma. La estructura temporal es distinta (días frente a meses), pero el resultado sobre la población civil es de una brutalidad que ya no admite eufemismos

Esta política del gobierno de Netanyahu, impulsada por la lógica del colono, recuerda demasiado a las páginas más oscuras del siglo XX. Las similitudes con lo que hicieron los nazis con los judíos —su propio pueblo— son escalofriantes. El cerco, la persecución sistemática y la aniquilación planificada de una comunidad entera. Es como si, en un acto de perverso espejo histórico, quisieran repetir la misma historia a menor escala, aplicando contra los palestinos aquello que una vez condenaron al sufrimiento de su propia gente.

Frente a esta evidencia brutal, la respuesta internacional resulta casi insultante. Reconocer al Estado palestino, como han hecho España, Irlanda u otros países, es un gesto digno, sí, pero insuficiente. Las palabras no detienen bombas. Las declaraciones no alimentan estómagos vacíos. Mientras Europa, Inglaterra y Canadá se limitan a gestos diplomáticos, la hambruna avanza, la barbarie avanza, y el genocidio continúa a plena luz del día. Nadie hace nada. 

El tiempo de los gestos simbólicos se ha agotado. Lo que se necesita es un embargo económico completo, un aislamiento político y militar de Israel hasta que cese la matanza y la hambruna. Y, sobre todo, que se abra paso libre e inmediato a toda ayuda humanitaria, sin filtros ni burocracias que prolongan el sufrimiento.