Me lo encontré en el supermercado, después de casi dos meses de su jubilación. Lo observé desde lejos mientras metía en el carro de la compra algunos productos que cogía de la estantería. Recordé que se había ido sin despedirse. Se jubiló, adiós y muy buenas. Siempre tuvo un carácter difícil, retraído, solitario; había tenido sus más y sus menos con la mayoría de los compañeros, incluso conmigo, que soy un ángel del cielo.
Decidí acercarme.
—¡Casimiro! —le grité desde el otro lado del pasillo.
Pareció no haberme oído. Dudé unos instantes entre seguir insistiendo o continuar mi camino. Pero volví a la carga, impostando la voz como hacía en mis perdidos tiempos de tenor.
—¡Casimiro!
Entonces giró la cabeza, se quitó las gafas de cerca y se puso las de lejos. Levantó el brazo y me saludó. Yo aproveché el momento y me aproximé, luchando con las ruedas delanteras del carro, que se dirigían sin remedio hacia los estantes, atraídas por fuerzas inescrutables.
—¿Qué tal te va después de la jubilación? —le pregunté con una sonrisa, tendiéndole la mano.
—Ah, pues bien, tranquilo. Perdona, ¿cómo era tu nombre?
Yo me quedé desconcertado durante unos segundos. ¡No se acordaba de mi nombre! Y mi nombre no es precisamente de esos que se olvidan con facilidad.
—Tancredo —le contesté con un mohín de enfado.
—Oh, perdona, sí, ahora lo recuerdo. ¿Y cómo va todo por el trabajo?
—Igual. Ya sabes que en la empresa todo sigue su curso; el dinero siempre hace falta, hasta para morirse.
—Sí, sí, eso es verdad —me dijo como queriendo huir de aquella situación.
—Me sorprendió que te fueras sin despedirte. No sé, podríamos haber hecho algo, un pequeño convite.
—Ah... ¿Sí? —preguntó incrédulo—. No se me ocurrió. Quizás un día vaya y les lleve una caja de bombones. No soy amigo de eventos sociales. Soy muy antisocial.
—Como quieras. Veo que estás muy ocupado con tu compra. Pues nada, que todo te vaya bien después de tu jubilación.
—Siempre hay cosas que hacer. A lo mejor nos vemos otro día por alguno de estos pasillos.
—A lo mejor.
Lo vi alejarse hasta que se perdió en la sección de los lácteos.
El lunes siguiente, un mensajero trajo una caja de bombones de chocolate con una pequeña tarjeta firmada por Casimiro. Yo sonreí; pensé que en el fondo tenía buen corazón, que había reflexionado y que los había mandado para disculparse por su espantada.
Todos dimos buena cuenta de tan dulce regalo. No quedó ninguno.
No pasaron ni treinta minutos antes de que todos, sin excepción, tuviéramos que salir corriendo hacia los servicios, cagándonos por las patas abajo.
Sentado en el retrete, con unos retortijones que me llegaban hasta el alma, me maldije por habérmelo encontrado en el supermercado mientras pensaba que, al final, la cabra siempre tira al monte.