Sentado frente al mar, buscó las últimas palabras que le quedaban por escribir, esas que mil veces había repetido en los momentos en que regresaba del desierto del olvido. Había aprendido a reconocer ese borde frágil en el que la mente se le abría como una puerta mal cerrada, dejando entrar el ruido del mundo, los nombres, los rostros, los recuerdos todavía tibios. Y luego, poco a poco, todo volvía a apagarse. Como una lámpara que se queda sin aceite. Como una casa deshabitada en la que el viento entra por las rendijas y desplaza lo poco que queda en pie.
Sacó su pequeño bloc de notas de cuadros desgastados por el tiempo, donde escribía los momentos en que la luz de la conciencia volvía. Lo miró con una ternura extraña, casi con gratitud. Aquellas páginas habían sido su refugio, su tabla de salvación, el lugar donde intentaba dejar constancia de sí mismo antes de perderse otra vez. Cada frase escrita allí era un ancla. Cada palabra, una súplica. Cada línea, un intento desesperado de no desaparecer del todo.
Cogió el pequeño lápiz, aquel de tres colores que casi ni podía sujetar ya, de tanto que lo había afilado, y escribió con una caligrafía temblorosa:
«Aquí estoy ante ti, en el momento en que la cordura me da un respiro, antes de que vuelva a oscurecer hasta no sé cuándo y ya no recuerde mi nombre, ni sepa quién soy cuando me mire al espejo. Ahora quiero decirte que te quise, que te quiero y que te querré allá donde me encuentre. Sé que me comprenderás».
Se quedó un instante inmóvil, contemplando la última palabra, como si esperara que el papel le contestara. El mar, delante de él, respiraba con una calma antigua. Las olas llegaban despacio, sin prisa, deshaciéndose en la orilla con un rumor que parecía venir de otra vida, de otro tiempo, de otra versión de sí mismo que aún sabía reír, aún sabía nombrar las cosas sin vacilar. El cielo empezaba a teñirse de un gris pálido, y en el horizonte la línea entre el agua y el aire se confundía como si el mundo se estuviera borrando a sí mismo.
Entonces se levantó.
Dejó a un lado el pequeño bloc y el lápiz, como quien deja una carta sobre una mesa antes de marcharse para siempre. Buscó el cutter oxidado, se colocó el viejo cinturón de plomo de cuando hacía submarinismo y se encaminó despacio hacia el agua. Cada paso le costó una eternidad. La arena, húmeda y fría, se adhería a sus pies. El viento le rozó el rostro con una caricia salada y le trajo, por un segundo, el recuerdo de otros atardeceres en los que todavía era fácil distinguir su voz de la niebla que lo amenazaba.
Se detuvo un momento antes de entrar del todo. Miró hacia la costa, hacia el bloque de edificios lejanos, hacia las siluetas desdibujadas de la ciudad que se apagaba detrás de él. Pensó, con una lucidez dolorosa, que quizá aquella era la primera vez en mucho tiempo que estaba completamente despierto. No había niebla. No había grietas. No había nombres perdidos. Solo el peso de lo que llevaba dentro y la certeza de que ya no podía seguir luchando contra la oscuridad que, una y otra vez, venía a reclamarlo.
Sintió cómo el agua del Atlántico le rodeaba los tobillos, luego las rodillas, después la cintura. El frío le atravesó la piel con una exactitud casi misericordiosa. Era un frío limpio, inmenso, como si el mar quisiera recibirlo sin preguntas, sin reproches. Siguió avanzando hasta que la marea le alcanzó el pecho y el cuerpo entero comenzó a hacerse pequeño frente a esa vastedad azul que todo lo contenía. El mar no juzgaba. El mar no pedía explicaciones. El mar lo envolvía con una paciencia antigua, infinita.
Respiró hondo una vez más. El aire le supo a sal y despedida. Sus manos temblaron, no por miedo, sino por ese cansancio profundo que ya no se parecía al cansancio del cuerpo, sino al de un alma desgastada por dentro. Llevó la mirada al horizonte, donde una línea dorada se abría entre las nubes, y por un instante creyó ver, en esa claridad breve, el rostro de quien había amado. No era un recuerdo exacto; era algo más tenue, más necesario. Una presencia hecha de voz, de tacto, de una promesa antigua que había sobrevivido a la pérdida.
—Te quise —murmuró, como si el mar pudiera llevarse sus palabras hasta donde ella estuviera—. Te quise de verdad.
Luego continuó avanzando.
El agua le subió al cuello. El peso del cinturón le hundió el cuerpo con una gravedad inevitable. Todo alrededor comenzó a borrarse. El sonido de las olas se volvió lejano, como si viniera desde muy abajo, desde el fondo mismo del mundo. El frío se hizo más intenso, pero ya no le importaba. En su interior, la última claridad duró apenas un segundo: el bloc sobre la arena, el lápiz junto a la nota, la frase final temblando todavía sobre el papel, como una despedida que nadie volvería a leer sin sentir un nudo en la garganta.
Abrió los ojos bajo la superficie y, en ese instante fugaz, tuvo conciencia de lo que estaba haciendo. No hubo miedo, solo una extraña serenidad. Sonrió apenas, con una paz amarga y definitiva, y después dejó de luchar contra el peso, contra el agua, contra la noche que se cerraba dentro de él desde hacía tanto tiempo.
El mar lo recibió entero.
Y mientras la espuma se cerraba sobre la orilla y el cielo terminaba de oscurecer, el pequeño bloc quedó allí, abierto por última vez, como una prueba humilde y frágil de que, incluso en su derrota, había intentado dejar una huella. Una sola. La suficiente para que el olvido no se lo tragara del todo.
Pero el mar, viejo guardián de secretos, lo cubrió todo.
Y allí, bajo la superficie inmóvil, el silencio hizo lo que mejor sabe hacer: guardar para siempre aquello que ya no puede ser dicho.
