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07 enero 2024

En un banco del parque


En la quietud de tus días, aguardabas la compañía serena de Molly, tu fiel perra, y hallabas consuelo en los fragmentos de alegría que tu vida rutinaria te entregaba. Un paseo, una lectura, el canto de un pájaro y los dibujos irreverentes de las nubes. Sin embargo, el amor te sorprendió como una brisa inesperada cuando, en un banco del parque, la encontraste, inmersa en la magia de las palabras.

Tu corazón latió con fuerza cuando la viste y un escalofrío recorrió tu espalda al decidirte a sentarte a su lado. Sin palabras, compartieron ese instante, una mirada indiscreta, un suspiro, una sonrisa y un adios en el silencio tejido entre ambos como un hilo invisible, pero profundo. Al amanecer del día siguiente, regresaste al mismo rincón y, sin necesidad de expresar lo innombrable, compartiste nuevamente ese espacio silente.

Así transcurrieron los años, en complicidad callada, sin ir más alla de saludo silencioso, de la sonrisa complice y del hasta mañana. En el banco compartido, encontraste un refugio donde las palabras eran innecesarias. La presencia mutua, el simple hecho de estar allí, resonaba con una sinfonía de entendimiento que solo el corazón podía componer.

Cada día era una nueva página en el libro de su historia, una historia escrita en la tinta invisible de los gestos y las miradas. Los pequeños momentos se convertían en tesoros compartidos, fragmentos de felicidad que se acumulaban en el cofre de su conexión silenciosa.

Aprendiste que el amor, a veces, se esconde en el espacio entre las palabras, en la comunión de almas que se entienden sin necesidad de explicación. En la serenidad de esos años juntos, descubriste que la verdadera dicha reside en esos pequeños momentos que, aunque parezcan efímeros, son los cimientos de una felicidad duradera y eterna.

02 mayo 2023

El entranamiento

 

No podía quitarse la carrera de la cabeza. Era su próxima carrera. Tenía en mente cada palmo del recorrido y el segundo sábado de cada mes lo corría religiosamente.

Se preparaba para la carrera y se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para correr hora y media.

Mientras se ataba las playeras pensaba en las palabras de su padre, aquellas que le decía en la adolescencia: «tienes que trabajar duro si quieres conseguir tus objetivos en la vida, que las metas no caen del cielo, sino del esfuerzo diario

Después recorría el parque central que rodeaba la ciudad, sintiendo como su cuerpo se activaba mientras oía los primeros cantos de los mirlos, de los gorriones, de las urracas, de los petirrojos y veía el despertar de las ardillas o de algún jabalí perdido que había bajado de las montañas.

Se sentía parte de todo aquello, un miembro más de la naturaleza a la que respetaba y admiraba y por esa razón solo corría cross o carreras de montaña. Aquella carrera era una de esas, diferentes y especiales, que le encantaba participar y competir porque le hacía sentirse especial y parte de todo aquello.

 

28 abril 2023

El límite

 

Fuente: bing


No llegué. Me desvanecí cuando solo me quedaban trescientos metros para cruzar la meta. Cuando me desperté, no sabía ni dónde estaba ni qué había ocurrido, hasta que caí en la cuenta al ver mi dorsal. Mi primer impulso fue levantarme. Tenía que terminar la carrera, pero el médico me paró en seco. La carrera se había acabado para mí. El mundo se me vino abajo. Tanto tiempo de entrenamiento para nada, pero una nunca sabe qué te puede ocurrir. Mi madre me lo decía: hoy estás aquí y mañana allí. Sí, hay que vivir el momento. El Carpe Diem, lo llaman. Aceptar lo que te venga y cuando te venga. Lo acepté. Estuve en la camilla más de media hora hasta que me recuperé. Me levanté y le pregunté a mi entrenador dónde me había desvanecido y me llevó hasta el lugar exacto. Allí, el frío de Atapuerca se colaba por cada poro de mi piel, y mientras observaba el punto donde había caído, sentí una mezcla de frustración y determinación. Al acabar el evento, cuando ya casi se habían ido todos, fui hasta el punto donde me desmayé. Cada paso que daba era una mezcla de recuerdos y sensaciones. Recordaba el entrenamiento, los madrugones, las tardes en el gimnasio, las carreras bajo la lluvia. Recordaba las palabras de aliento de mi entrenador, el apoyo incondicional de mi familia y amigos. Y ahora, con el silencio de Atapuerca como testigo, sentía cómo cada paso resonaba en mi interior. Recorrí los últimos trescientos metros despacio, a trote cochinero, sintiendo cómo mi cuerpo volvía a activarse, cómo mi cerebro se volvía a concentrar. El aire frío de Atapuerca cortaba mis mejillas, pero eso no importaba. Lo único que importaba era ese momento, esos últimos metros que habían quedado pendientes. A medida que avanzaba, sentía que el peso de la frustración se desvanecía, sustituido por una calma inesperada. Los árboles a los lados del camino se difuminaban mientras me concentraba en el sonido rítmico de mis pies golpeando el suelo. Cada paso era una pequeña victoria, una reafirmación de mi voluntad. Cuando finalmente crucé la meta simbólica, una oleada de emociones me invadió. No había público, no había aplausos, solo el susurro del viento y el murmullo lejano de la naturaleza. Pero para mí, era suficiente. Me detuve un momento, respirando profundamente, sintiendo el aire frío llenar mis pulmones. Había terminado. Tal vez no como lo había planeado, pero había cerrado el círculo. Miré hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de colores cálidos. Sonreí, aceptando que la vida no siempre sigue el plan que trazamos, pero siempre ofrece la oportunidad de terminar lo que comenzamos, a nuestro propio ritmo. Esa tarde en Atapuerca, aprendí una lección valiosa. No siempre se trata de cómo terminas, sino de no rendirte, de encontrar la manera de seguir adelante, incluso cuando todo parece perdido. Y así, con el corazón en paz y la mente serena, supe que, de alguna manera, había ganado mi carrera.


13 mayo 2021

Las llaves

Fuente: Pixabay


Le gustaba dejar las llaves en el mismo sitio. Siempre junto a la Virgen del Carmen como si, al salir o al entrar, la influencia mariana exorcizara todas las puertas que había abierto y cerrado en la noche. Era la única manera que tenía de pedir perdón por tantos muertos.  


20 febrero 2020

Instalación científica

Instalación científica

—Estamos a un paso de conseguirlo, después podremos gritar ¡Eureka!
—Está en tus manos, nadie más puede conseguirlo.
—Sí, pero la presión no me ayuda mucho.
—Los científicos trabajamos bajo presión. Tú no eres diferente.
—Solo me falta encajar la última secuencia para establecer el patrón secuencial.
—¿Patrón secuencial?  ¿Qué dices? ¡Pepe, despierta, despierta!
—¿Qué pasó?
—Hablabas en sueños, de no sé qué patrón secuencial
—Es que el último trabajo de fontanería me tiene loco. Tengo que terminar una instalación en un edificio del Centro Superior de Investigaciones Científicas.
—Venga, sigue durmiendo, científico.

10 diciembre 2018

La mujer bala

Todo el mundo sabía que era una mujer bala, que iba de mano en mano como la falsa moneda, como decía la canción. Pero a él no le importaba. Él se había enamorado de su primigenia inocencia, corriendo tras sus «ma, me, mi, mo, mu», jugando con su «mi mamá me mima» y de su eterno «siempre serás mi amiguito» tras aquel tierno beso en la mejilla que le dio en el recreo con apenas siete años.
La vio crecer tan rápido que le perdió la pista. Con el tiempo, y después de muchos años, la volvió a encontrar en las calles de su ciudad hecha una mujer, pero perdida en el bucle infernal de las drogas. La fue a buscar para rescatarla y decirle: «todavía eres mi amiguita», pero su amiga de la infancia no lo reconoció. Lo miró y con una mirada endemoniada le gritó que la dejara en paz.
Él no se rindió y siguió yendo todas las noches para intentar sacarla del abismo en el que estaba perdida, pero no lo consiguió.
En una de esas visitas, la encontró tirada entre cartones ennegrecidos, meada y sucia, como una muñeca rota y desvalida que habían tirado al vertedero.
Él se sentó, la puso en su regazo y llamó a los servicios de emergencia que, cuando llegaron, certificaron su muerte. Él la acompañó en la ambulancia intentando controlar un llanto desconsolado. Desde la sala de urgencia, llamó a su familia. Nadie se quiso hacer cargo de ella. Tuvo lo que se buscó, le dijeron sus familiares. Él se sentó junto a ella, le cogió de la mano y le dijo: yo sigo aquí, amiguita.
Fuente de las imágenes: Pixabay

14 noviembre 2018

Nudo corredizo


Llegó a su casa temprano y bajó al garaje. Cogió la cuerda que había comprado el día anterior. La tomó por un extremo y le hizo un nudo corredizo. Comprobó que funcionaba. Luego pilló la banqueta, se subió con la cuerda y la ató a la viga central que cruzaba el garaje de lado a lado. Probó la fortaleza del nudo dando tres tirones seguidos. Después se agarró del nudo corredizo con ambas manos y tiró la banqueta. Se quedó colgado durante unos instantes hasta que se soltó.
Miró la cuerda durante unos segundos y dejó la mente en blanco. Se giró. Fue hacia un rincón del garaje donde estaba el saco de boxeo que había comprado de segunda mano, lo agarró y, con mucho esfuerzo, lo enganchó en el nudo corredizo. Miró hacia el saco y sonrió. Pensó que ya era hora de retomar los entrenamientos de boxeo.
Fuente de las imágenes: Pixabay 

31 agosto 2018

Miedo y destino

Recorría el camino sin pensar, como un autómata que tenía todos los registros precisos en su cabeza, sin que necesitara nada más. Había días que, incluso, no recordaba cómo había llegado a su trabajo y ni cómo había vuelto a su casa. Solo se percataba de ello cuando estaba delante del espejo y sentía un leve dolor en la encía al cepillarse los dientes. Entonces, en ese preciso instante, se detenía, se miraba a los ojos y era consciente de que estaba vivo. Ahí se quedaba en silencio durante un tiempo indeterminado. Cerraba los ojos y escuchaba las gotas que caían del grifo a medio cerrar, el agua de los bajantes, el canto del mirlo, las conversaciones de la calle y el ulular del viento. Respiraba y sentía como su vientre bajaba y subía, como inhalaba el aire que lo mantenía con vida, una vida monótona y sin sentido.
No lo dudó, cogió su vieja mochila, aquella que tenía guardada al fondo del altillo, le quitó el polvo y la llenó con la ropa necesaria, ni una prenda más. Se fue al aeropuerto y se detuvo ante el panel de salidas. El corazón comenzó a latirle con fuerza, las manos le sudaban y el miedo se apoderó de él. Se tuvo que sentar porque creía que se iba a desmayar. Cerró los ojos y comenzó a respirar, concentrándose en el ritmo de su respiración, agitado y desbocado, hasta que comenzó a relajarse, a oír las voces de los pasajeros, las canciones perdidas, el repiqueteo, acompasado, de las ruedas de las maletas y el sonido del panel de llegadas y salidas.
Se levantó y se dirigió a una de las agencias de viaje que había en el aeropuerto. Esperó su turno mientras seguía el ritmo de su respiración, ahora tranquila y acompasada. Cuando le tocó su turno le dijo a la chica:
—Quiero comprar un billete en el primer vuelo que salga.
—¿Con qué destino?
—Me da igual. 
—¿Le da igual? Solo le puedo ofrecer aquellos que no necesiten visado. 
—Esta bien.
—¿Es usted español y tiene pasaporte en vigor?
—Sí a las dos preguntas.
—El primero que tengo es un viaje directo a Hamburgo, que sale dentro de una hora. ¿Le viene bien?
—Sí, perfecto.
—¿Paga en efectivo o con tarjeta?
—Con tarjeta.
—¿Tiene maletas para facturar?
—No, solo tengo esta mochila.  
—Entonces le imprimiré la tarjeta de embarque. 
La chica e entregó la tarjeta con destino a Alemania.
—Tome, esta es la tarjeta de embarque. La puerta de embarque es la A52. No se demore, aunque tiene tiempo suficiente de llegar a la puerta de embarque. Que tenga un buen viaje.
—Gracias.
Salió de la agencia de viajes y se dirigió a la puerta de embarque. Cuando pasó los controles, llamó a su hermana menor y le dijo que iba a estar fuera por algún tiempo. Que no se preocupara, que volvería, pero no sabía cuándo.
Ya en el avión, buscó su asiento que estaba junto a la ventana. Se sentó y comenzó a respirar hasta que se quedó dormido. 
Con aquel vuelo empezaba su nueva vida.
Fuente de la imagen: propia

15 junio 2018

Siempre me gustó la sangre fresca

sangre
¡Bicho asqueroso!
Ese fue el grito que oí al recibir el golpe. Luego perdí el conocimiento. Cuando desperté no sabía dónde estaba. Intenté incorporarme, pero no pude. Todavía tenía el conocido sabor a sangre en mi boca, ese sabor tan característico, que cuando los saboreas no puedes dejar de hacerlo. Lo reconozco. Me gusta el sabor de la sangre.
Al poco me pude recuperar. Estaba tirado sobre la mesa de la cocina y sus palabras aún retumbaban en mi cerebro:

¡Bicho asqueroso!
Oía su voz en la lejanía, como si estuviera entretenido en algún lugar de su habitáculo. Estoy seguro de que me dio por muerto. El golpe que me asestó fue directo y duro, pero que equivocado estaba. Volví a levantarme con mucha dificultad. Me temblaban las piernas y no veía con claridad. Me senté en la mesa, hasta que me recuperé del todo.
Sin dudarlo un instante, me dirigí hacia él. Atravesé la cocina y llegué al salón. Él estaba sentado frente al televisor. A mí solo me interesaba su cuello, porque el olor a sangre me llamaba. Me acerqué sigilosamente, intentando hace el menor ruido posible. El sonido siempre nos acaba delatando. Aterricé cerca de su yugular y le volví a chupar la sangre, porque a que nosotros, los mosquitos tigre, siempre nos gustó la sangre, aunque perdamos la vida en ello. Nosotros, como los escorpiones, nos puede el carácter.
Esta vez ni se percató de mi presencia y le pude chupar la sangre a gusto, hasta que me harté y volé a buscar otra víctima propiciatoria.

Fuente de la imagen: Pixabay

02 mayo 2018

El hermano digital


Al final cumplieron su venganza, nos sacaron a las plazas, nos arrancaron muchas páginas y nos pisotearon. Luego nos quemaron. Decían que éramos subversivos y que les metíamos en la cabeza mil historias inciertas que iban contra el orden establecido, pero se olvidaron de que teníamos una réplica digital y, a esa, es imposible arrancarle una página, pisotearla o quemarla. Los libros somos una especie superior. Evolucionamos. No lo olviden.
Fuente de la imagen: pixabay