27 febrero 2026

El radar en la Vela Latina: el miedo como mordaza

 





Nuestra Vela Latina no es solo un deporte; es un legado vivo que navega por nuestra bahía desde mediados del siglo XIX. Con más de 150 años de historia, esta tradición —reconocida como Bien de Interés Cultural— se enfrenta hoy a una amenaza: la instalación de un radar de 25.000 vatios en la bocana de nuestra propia base.

Mientras surgen requerimientos oficiales exigiendo la documentación técnica que el puerto aún no ha hecho pública, nosotros nos preguntamos: ¿Por qué se ignoran las alternativas seguras? ¿Por qué no muestran los informes técnicos y los certificados que deben garantizar nuestra integridad?.

A continuación, analizamos las "trampas" legales, las contradicciones de una seguridad que necesita "corazas" y la firme defensa de un derecho que no puede ser moneda de cambio de ninguna concesión.

El "atajo" legal: ¿Dónde está el estudio de impacto ambiental?

Al analizar el proyecto constructivo (Exp. AT_25-21), descubrimos la primera gran trampa. En las páginas 35 y 62, la Autoridad Portuaria afirma textualmente que "no es necesario someter el proyecto a evaluación ambiental".

Es posible que, por la Ley de Evaluación Ambiental, la estructura física (la torre de 10m) no requiera una Evaluación de Impacto Ambiental (EIA) ordinaria si el puerto ya está urbanizado. Sin embargo, la contaminación electromagnética es un vector ambiental que debe ser analizado, especialmente zonas deportivas próximas.

Pero el gran "ausente" en todo este expediente es la Certificación de Niveles de Exposición, un documento que resulta primordial para una instalación de esta envergadura. Se trata de la única garantía técnica, que debe estar visada por el Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, capaz de acreditar que la estación cumple con los límites legales de intensidad de campo eléctrico y densidad de potencia. Sin esta certificación, no conocemos la Potencia Radiada Aparente (PRA) ni los diagramas de radiación de la antena, datos vitales para asegurar que la energía emitida no impacte de forma nociva en la lámina de agua por la que navegamos. Es inaceptable que se avance en la construcción de una torre de 10 metros para un radar de 25 kW sin que este certificado técnico y sanitario esté a disposición de los ciudadanos, pues es el único que garantiza que nuestra actividad náutica se desarrolla en un entorno seguro.

El Real Decreto 1066/2001 que establece condiciones de protección del dominio público radioeléctrico, restricciones a las emisiones radioeléctricas y medidas de protección sanitaria frente a emisiones radioeléctricas es de aplicación estatal y no distingue si el promotor es una Autoridad Portuaria.

El artículo 8 de este Real Decreto es claro: para cualquier estación radioeléctrica, se debe garantizar que los niveles de emisión no superen los límites de salud pública.

La Orden CTE/23/2002: Establece que las estaciones de alta potencia (y 25 kW es una potencia muy alta para un entorno urbano/deportivo) deben presentar obligatoriamente un Proyecto de Instalación que incluya una estimación de los niveles de exposición en las zonas cercanas.

Zona de Exclusión: a esa potencia, existe una "distancia de cumplimiento" (zona donde no puede haber personas). Si el proyecto no tiene el estudio, no han calculado si esos 10 metros de altura son suficientes para que el haz no "barra" a las personas.

Si no es peligroso, ¿por qué la coraza?

Vamos a los datos oficiales: un radar de 25.000 vatios (25 kW) es, por definición, 250 veces más potente que otros equipos del mismo proyecto.

Si realmente fuera tan inofensivo como un móvil, ¿por qué nos ofrecen ponerle una "coraza" o escudo de protección? La respuesta es obvia: si algo es inocuo, no necesita blindaje. Ofrecer una coraza es la admisión implícita de que existe un riesgo real para los deportistas y los niños que están justo debajo. No se gasta dinero público en proteger a la gente de "un teléfono móvil".

La alternativa lógica: La zona de la gasolinera

Lo que más frustra es que existe una solución técnica perfecta. Justo más al norte, en la zona de la gasolinera (frente a la entrada del muelle deportivo), existe una ubicación con todas las facilidades técnicas y mucho menos transitada.

Instalarlo allí cubriría la misma función de vigilancia sin convertir nuestra base náutica en un experimento de radiación. Si existe una alternativa segura y viable, ¿por qué insistir en plantar el radar más potente del puerto de nuestro deporte?

El chantaje de la concesión: La salud no es moneda de cambio

Lo más grave que sobrevoló la reunión de ayer fue el mensaje de que "no podemos ir contra el dueño de la concesión" porque podríamos perder el muelle.

Es hora de poner las cartas sobre la mesa: la Federación de Vela Latina Canaria de Botes paga una concesión de más de 50.000 euros anuales. No estamos aquí de prestado ni por caridad; somos clientes y concesionarios con derechos legales a la seguridad y la higiene en nuestra actividad. No somos un simple local comercial ni una embarcación que no paga; somos el corazón de un deporte con más de 150 años de historia, practicado desde mediados del siglo XIX.

Esta trayectoria centenaria nos ha convertido en un Bien de Interés Cultural que merece un respeto institucional acorde a su legado y a su aportación a la identidad de esta ciudad. Utilizar la titularidad del suelo para intentar silenciar una preocupación legítima sobre la salud pública roza la amenaza velada. No podemos permitir que el miedo a perder nuestra "casa" en el muelle nos obligue a aceptar un riesgo sanitario para nuestra cantera, hipotecando el futuro de los niños que deben heredar esta tradición que forma parte de nuestra historia desde hace más de siglo y medio.

Conclusiones claras:

  • No hubo evaluación ambiental real: Se utilizó un atajo administrativo para evitar el trámite de evaluación ordinaria, omitiendo así cualquier análisis sobre el impacto de la radiación de 25.000 vatios en la salud de los menores.

  • Contradicción total: Si el radar fuera tan inofensivo como un móvil, no se ofrecería la instalación de una "coraza" o blindaje. La propia existencia de esa medida de protección confirma que estamos ante un peligro potencial para los deportistas.

  • Falta de certificación obligatoria: Es inaceptable que se avance sin presentar la Certificación de Niveles de Exposición visada por el Ministerio competente. Este es el único documento que garantiza técnicamente que los límites de intensidad de campo eléctrico y densidad de potencia son seguros para quienes están en la lámina de agua.

  • Alternativa viable: Exigimos que se valore seriamente la ubicación norte, en la zona de la gasolinera. Es un punto con menos tránsito de personas, con las mismas facilidades técnicas y que no compromete la seguridad de los deportistas.

  • Dignidad: La Vela Latina Canaria es un deporte con más de 150 años de historia y su base náutica no es un simple local comercial. La salud de nuestros hijos y deportistas no puede ser objeto de negociación ni verse silenciada por miedo a represalias administrativas sobre nuestra concesión.

La Vela Latina es Bien de Interés Cultural, pero antes que eso, es una comunidad de personas. La tecnología debe servirnos, no hipotecar nuestra integridad. ¡Basta de atajos y basta de miedos!



14 febrero 2026

Un radar de 25.000 vatios sobre nuestras velas. ¿Es compatible este radar con la Vela Latina?

 


La Autoridad Portuaria ha decidido que la Bocana de la Vela Latina es el lugar ideal para un radar de vigilancia. A priori, suena a progreso, pero el diablo está en los detalles técnicos. Al analizar el pliego de prescripciones técnicas, se me encogió el alma. No van a poner un sensor cualquiera; van a instalar un monstruo de 25.000 vatios (25 kW) de potencia. Para que se hagan una idea de la magnitud, es 250 veces más potente que los otros radares del mismo proyecto. Es como si en un lugar donde basta una luz de lectura, decidieran encender un foco de estadio olímpico directamente sobre nuestras cabezas.

El haz de 25.000 vatios: si busca manchas, nos encuentra a nosotros. Lo que realmente me quita el sueño es nuestra salud. Nos dicen, para que nos quedemos tranquilos, que el radar "mira al mar" y no hacia el interior del muelle. Pero el papel lo aguanta todo, y el pliego técnico es implacable: este sistema no solo debe detectar barcos, sino que tiene que ser capaz de localizar personas en el agua y, lo que es aún más revelador, manchas de vertidos de hidrocarburos.

Aquí es donde entra la física básica y donde se cae el discurso oficial. Para que un radar detecte una mancha de aceite o la cabeza de un náufrago, el haz de energía no puede pasar por encima del horizonte como si fuera un faro lejano. Las manchas de petróleo no flotan en el aire; están pegadas a la superficie del mar, formando una película finísima. Para que el radar "vea" esa mancha, su haz de 25.000 vatios tiene que "chocar" contra la superficie del agua con un ángulo muy bajo. ¿Y qué hay entre la antena de la bocana y esa lámina de agua que el radar debe vigilar? Nosotros. Estamos nosotros preparando los botes, están nuestras tripulaciones peleando con la escota y estamos todos cruzando ese "pasillo" de salida. Para que el radar haga su trabajo de detectar vertidos, tiene que freír literalmente la zona por la que navegamos. El haz no nos pasa por encima; nos atraviesa.

Esto no es una exposición puntual. Nuestra instalación deportiva está activa todo el año. Pasamos horas allí, bajo la influencia de esas pulsaciones invisibles de Banda X. Y lo que es más sangrante: la cantera de la Vela Latina está llena de niños y adolescentes. Sus cuerpos, todavía en desarrollo, son esponjas ante la radiación electromagnética continuada. Si el radar necesita "limpiar" la superficie del mar para buscar manchas de hidrocarburos, lo hará a costa de barrer nuestras cubiertas con una potencia que, recuerdo, es 250 veces superior a la de otros puntos del puerto. No estamos ante un sistema de vigilancia; estamos ante un foco masivo de radiación instalado en el cuello de botella de nuestro deporte.

Lo más absurdo es que existen alternativas claras. El propio proyecto contempla ubicaciones como el Muelle Reina Sofía, una zona puramente industrial, de acceso restringido y alejada de la práctica deportiva intensa. ¿Por qué empeñarse en la Bocana de la Vela Latina? ¿Por qué castigar el punto con más densidad de deportistas con el equipo más potente de toda la red? El Real Decreto 1066/2001 exige minimizar la exposición en espacios sensibles, y si un muelle lleno de deportistas y niños no lo es, que alguien baje de su despacho y me lo explique.

Pero hay algo que me indigna profundamente: la Federación de Vela Latina Canaria de Botes está en estas instalaciones bajo una concesión administrativa. No estamos aquí gratis; pagamos más de 50.000 € por el uso de este espacio y, por tanto, tenemos derechos legales que parecen haber sido ignorados. Como concesionarios, cualquier instalación que altere la seguridad o la higiene de nuestra actividad debería haber sido consultada. Instalar este radar sin contar con nosotros no es solo un desplante administrativo, es una posible vulneración de las condiciones de nuestra concesión.

La Federación es nuestra voz y nuestra defensa, y no puede seguir callada mientras se toma una decisión que hipoteca nuestra integridad. Su obligación moral y legal es velar por nosotros, los que mantenemos vivo este de deporte que es  Bien de Interés Cultural. La tecnología no puede pasar por encima de las personas. 

Queremos puertos seguros, por supuesto, pero no a costa de convertir nuestra base náuctica en una zona de radiación constante. Es hora de exigir que se busque otra ubicación para ese radar. No vamos a permitir que apaguen nuestra tradición con 25.000 vatios de indiferencia.