14 abril 2017

¿Qué he leído? El desorden que dejas de Carlos Montero


OPINIÓN

Hoy terminé de leer «El desorden que dejas» de Carlos Montero una novela aceptable, aunque la trama principal muy embarullada, con un final poco verosímil y con una subtrama totalmente prescindible que no aporta nada a la trama principal.

FICHA TÉCNICA

Páginas: 408 págs.
Editorial: S.L.U. ESPASA LIBROS
Lengua: CASTELLANO
ISBN:  9788467047264

SINOPSIS

La novela premiada es un intenso thriller psicológico protagonizado y relatado en primera persona por Raquel, una joven profesora de literatura en horas bajas que acepta una suplencia en un instituto de Novariz, el pueblo de donde, casualmente, procede su marido.
En su primer día de trabajo, la joven se entera de que Elvira, su predecesora, se ha suicidado y al finalizar las clases encuentra en su bolso una nota que dice: «¿Y tú cuánto vas a tardar en matarte?».
Decidida, Raquel intentará averiguar quién está detrás de esa amenaza, e inevitablemente se empezará a obsesionar con la antigua profesora.
¿Qué le ocurrió? ¿Qué la llevó a la depresión si los alumnos la adoraban? ¿Realmente se suicidó o alguien acabó con su vida? ¿Se está repitiendo el mismo patrón con ella? Y sobre todo, ¿por qué de repente algunos indicios apuntan al marido de Raquel?
Una novela que arranca como una historia de acoso a una profesora para convertirse enseguida en un thriller perverso y apasionante. Una disección de la debilidad humana. De la culpa.
De la fragilidad de las relaciones. Y de las mentiras y secretos sobre las que montamos nuestras vidas sin calibrar ni ser conscientes de las consecuencias.


09 abril 2017

La vida y sus tonos


Esta idea nos invita a un viaje profundo sobre cómo percibimos nuestra existencia, transitando desde el absolutismo mental hacia la madurez emocional y filosófica. Aquí te comparto una reflexión narrativa que entrelaza ambos mundos:

El lienzo de los extremos: Blanco o Negro
Desde que somos niños, nos enseñan a catalogar el mundo en opuestos perfectos para poder entenderlo. En las historias hay héroes y villanos; en la moral hay acciones buenas y malas; en el día a día hay éxito o fracaso. Buscamos el blanco (la felicidad absoluta, la pureza, las metas cumplidas) y tememos desesperadamente al negro (el dolor, la pérdida, el vacío).

Filosóficamente, este pensamiento dualista es cómodo, pero es una trampa. Pretender que la vida se pinte solo con estos dos colores nos convierte en jueces rígidos de nuestra propia historia. Si un día no es perfecto (blanco), asumimos trágicamente que es un desastre (negro). Vivir en los extremos es agotador porque los extremos no sostienen la cotidianidad; son picos, momentos efímeros.

La sabiduría del gris: Donde ocurre la vida
Cuando el tiempo pasa y miramos atrás el cuadro de nuestra vida, nos damos cuenta de que los momentos puramente blancos o negros son la minoría. Lo que queda, lo que verdaderamente arma la estructura de nuestra historia, son los grises.

El gris no es mediocridad, es matiz. No es la ausencia de luz, sino el equilibrio donde la luz y la sombra coexisten de manera armoniosa.

En el plano personal, el gris representa la aceptación de nuestra propia contradicción. Somos personas capaces de una bondad inmensa, pero también albergamos egoísmo, miedo y flaquezas. Abrazar nuestros grises significa perdonarnos por no ser perfectos y dejar de exigirle al mundo una pureza que no existe.

En las relaciones, el gris es el territorio del perdón y la empatía. Es entender que quien amamos puede equivocarse sin que eso lo convierta en un monstruo.

El cuadro terminado
Si pintáramos un lienzo utilizando únicamente blanco puro y negro absoluto, el resultado sería una imagen plana, de contrastes violentos y bordes filosos. Sería un cuadro agresivo a la vista.

Son los grises —las sombras suaves, las transiciones, las texturas— los que le dan volumen, profundidad y realismo al arte. En la narrativa de tu propia vida, los grises son esos años de transición en los que no sabías muy bien hacia dónde ibas, pero aprendiste quién eras; son las despedidas melancólicas que, aunque dolieron, te dejaron una madurez serena; son los domingos tranquilos en los que no pasó nada extraordinario, pero experimentaste paz.

Al final, cuando nos detenemos a observar el cuadro de nuestra existencia, descubrimos que los grises no arruinaron la obra. Al contrario: fueron los que le dieron alma, los que difuminaron los golpes más duros del negro y matizaron la cegadora exigencia del blanco. Los grises son, en definitiva, el color de la resiliencia y de la verdadera belleza humana.

06 abril 2017

¿Qué he visto? El hombre que quiso ser rey de Ignacio García May

Hoy vi «El hombre que quiso ser rey» de Rudyard Kipling, adaptación de Ignacio García May, una obra dirigida por el propio Ignacio García May e interpretada por Antonio Molero y José Luis Patiño y grabada por el Centro de Documentación Teatral el 16 de diciembre de 2008 en el teatro María Guerrero. 

La pueden ver aquí: